In memoriam Carlos Salazar

Corría el año 1987 cuando me encontraba en la cristalera de Barajas con mi hermano, siendo aún los dos unos niños, viendo aviones y anotando matrículas, la clásica versión inglesa del spotting, actividad que ni siquiera sabíamos que existiera. Pronto descubrimos que no éramos los únicos, coincidíamos con otros aficionados que además les tomaban fotos. Uno de ellos, Carlos Salazar (así nos referíamos siempre, por su nombre y primer apellido), nos recomendó que nos hiciéramos con una cámara: «estáis viendo aviones que pronto dejarán de existir y os vais a arrepentir si no los conserváis de alguna manera». Ese fue el primer consejo de muchos otros que nos dio, como tomar esas fotos en soporte de diapositiva, que daba más calidad y era más económico, lo que era esencial para unos adolescentes, lo que nos permitía poder sacar más instantáneas al mes.

Después quise sacarme mi licencia de piloto y Carlos Salazar me sugirió la misma escuela de vuelo donde él ya hacía sus horas. Así podríamos volar juntos y en efecto, compartimos muchos vuelos y viajes. Más tarde me invitó a ir a Tenerife, donde entonces él trabajaba en Spanair, para pasar unos días de relax y una vez allí, me incitó a probar suerte en las nuevas concesiones de handling que recién arrancaban rompiendo el monopolio de Iberia. Y así, es como en apenas en unos pocos años, su amistad había marcado mi vida aeronáutica.

Carlos Salazar ha sido una figura emblemática del «entusiasmo» por la aeronáutica española. Amante de la aviación comercial y militar de nuestro país, especialmente enamorado de las épocas más clásicas, periodista, investigador, escritor, pero sobre todo humano. También un apasionado de la música, del cine, donde le habría gustado hacer sus pinitos (una de sus obras está pensada como guion de una película), y del fútbol, de su Real Madrid. Una persona esencialmente buena, sensible, soñadora, que no solo estaba pendiente de las aeronaves, sino de las personas que las hacían volar. Por ello siempre estaba relacionándose con todo el «mundillo de la aviación», inmerso en los chascarrillos, hasta el punto de que son muchos los que le conocieron en persona y muy pocos los que nunca oyeron alguna vez hablar de él. Su archivo fotográfico y documental era extenso y de una gran calidad y lo mejor, siempre a disposición de cualquier colaboración, publicación o exposición y de manera totalmente desinteresada.

Hicimos muchas cosas juntos en estos 33 años de amistad, en todas las facetas de la vida. Afortunadamente tuve la oportunidad de poder estar ahí con él para compensarle en parte por su ayuda cuando él atravesó también sus malos momentos. Porque como todos nosotros, también los tuvo, principalmente en lo familiar hasta el punto de que todos sus amigos nos convertimos en su única familia. Porque si no, además de lamentar su temprana desaparición (porque con 59 años se ha ido demasiado pronto), también me sentiría en deuda con él.

Son muchas cosas las que me voy a dejar en el tintero, porque Carlos Salazar ha sido alguien muy peculiar. Desordenado, con sus manías, pero a la vez tan humano,lo que hacía que se le aceptara con estos pequeños defectos e incluso se les echara de menos cuando no los mostraba. Sus manidas frases, sus interminables audios de WhatsApp, tantas singularidades… Solo me resta decir que va a ser una gran pérdida para la comunidad aeronáutica, tanto para sus amigos, que ya le estamos echando en falta, como para los que no tuvieron la suerte de conocerle, porque su dedicación ha sido universal.

José Ramón Valero
socio 105

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