DE LAS FÓRMULAS ARTESANALES A LA FARMACÉUTICA MODERNA


 

Para encontrar el origen de la Farmacia Militar, y con ella una institución dedicada exclusivamente a la asistencia del Ejército, es necesario llegar al primer reinado de la dinastía Borbón; aunque en épocas anteriores vemos claras muestras de lo que llegará a ser en el siglo XVIII.

Hasta la llegada de los árabes, las fronteras entre Medicina, Cirugía y Farmacia eran confusas, ya que una misma persona ejercía estos cometidos; serán ellos por tanto los primeros en establecer la delimitación de las obligaciones, carácter y responsabilidad del farmacéutico y marcar una diferenciación. Hay que apuntar que, hasta el siglo IX, no se desarrolló una clase de farmacéuticos instruidos. A los más cualificados se les daba autorización para abrir sus tiendas cerca de los campamentos del Ejército. Se coincide en señalar a la dinastía de los Beni-Omeyas, como iniciadores de los cimientos de la Farmacia militar en la Península, estableciendo la división de funciones.

Llegados al siglo XII, las órdenes militares de Caballería tuvieron el deber secundario de asistir a los heridos con sus propios recursos y así crearon hospitales con el fin de atender a heridos y enfermos en las distintas batallas. Durante los reinados de la Casa de Austria, la orden religiosa de San Juan de Dios fue la que prestó, en las guerras sostenidas por España, los servicios de cuidado y atención a los enfermos.

Sí que sabemos con certeza que la atención sanitaria dispensada en el Ejército entre los siglos XV y XVIII estuvo íntimamente unida al poder real. Durante el reinado de los Reyes Católicos, y por iniciativa de la reina Isabel, se crea el primer hospital de campaña conocido en el mundo occidental, durante el sitio de Toro (Zamora) contra los partidarios de Juana la Beltraneja.

Felipe II organiza en 1594 la Botica Real otorgando unas ordenanzas para su gobierno que constituyeron una reglamentación notablemente eficaz; se inicia la primera plantilla con sus categorías correspondientes: boticario mayor, jefe de la Real Botica y farmacéutico del Rey; tres ayudas de Botica, de categoría inmediatamente inferior a la del boticario mayor, tres mozos de Oficio, farmacéuticos de Palacio y un entretenido (farmacéutico sin la práctica suficiente para tener la titulación).

Al llegar al reinado de Carlos II encontramos unos hechos muy decisivos: por medio de Real Cédula, se dispone que al regimiento dedicado al cuidado de las personas reales se le proporcionen los medicamentos por la Real Botica. El abastecimiento al Ejército se inició en 1669, con documentos que constatan el envío de fármacos a las tropas que se encontraban en Orán.

En 1693 se tuvo que trasladar un equipo de destilación desde la Botica de Aranjuez a la Botica Real de Madrid y, aprovechando esta contingencia, el boticario mayor decidió instalar un Laboratorio Yatroquímico con el fin de obtener medicamentos a través de la alquimia. Carlos II encarga al virrey de Nápoles que busque un experto en la ciencia yatroquímica --que aún no estaba introducida en España-- para elaborar preparados. Ese mismo año viene a Madrid Vito Cotaldo, experto en yatroquímica, para montar el laboratorio en la Casa del Tesoro, un edificio anexo al antiguo Alcázar donde por aquel entonces se encontraba la Real Botica,.

Con la llegada al trono de los Borbones se abre una época que marcará el florecimiento de la Farmacia militar emancipada del poder real. Al inicio del siglo XVIII, aparecen ya constituidos los hospitales militares fijos. Uno de los primeros, y el más importante, es el de Ceuta, con una reglamentación, régimen económico y normativa concedidos exclusivamente para su gobierno en 1715. Destaca que sea administrado por la Real Hacienda y que su personal sea nombrado desde el Palacio Real; este hecho supone toda una excepción, ya que estos hospitales militares fijos eran administrados en régimen «de asiento» o de contrata. El asentista contrataba al personal y suministraba a éste todos los medicamentos y enseres que se necesitasen. Posteriormente, junto con Ceuta, se crean con régimen especial los hospitales de Melilla, Alhucemas y el Peñón (presidios menores), en los que se nombraba y pagaba a los farmacéuticos desde la corte y el servicio de la farmacia corría a cargo del asentista; los tres años que siguieron con este método tuvieron unos resultados extraordinarios, tanto por el buen funcionamiento como por las ventajas económicas, por lo que se trató de implantar en todas las farmacias.

La figura de Boticario Mayor de los Reales Ejércitos aparece en 1720. El Reglamento de hospitales militares --la normativa más importante hasta el momento, y vigente muchos años después-- especifica desde 1739 cómo se debe constituir el servicio de Farmacia.

Durante el reinado de Carlos III la legislación sanitaria castrense cobra una nueva y eficaz orientación. Este rey --que en las campañas italianas previas a su ascenso al trono de España había visto por sí mismo la mala y escasa calidad de los remedios empleados por los asentistas que atendían la sanidad de sus tropas-- dispone como primera medida que, a partir de entonces, las farmacias de campaña estuvieran suministradas por cuenta de la Real Hacienda y que los medicamentos se elaboraran en la Farmacia Real. Por este motivo se organizará en ella el Laboratorio castrense de remedios, para uso exclusivo del Ejército. El 15 de enero de 1761 se dispone que el cargo de boticario mayor de los Reales Ejércitos estuviera unido al de boticario mayor de su Cámara y jefe de la Real Botica. Así mismo se establece que el cargo de primer boticario de Ejército; en cada uno de los que se constituyeran, fuera ocupado por un boticario de la Real Cámara, disposición que se hizo extensiva a los hospitales de campaña.

En 1762, durante las contiendas contra Portugal, se determinó que las farmacias de campaña estuvieran a cargo de la Real Hacienda y no en manos de asentistas. Será en 1784 cuando se produzca la primera escisión de la Casa Real, al proponer el boticario mayor de Su Majestad que también las farmacias de los hospitales militares fijos se administrasen por medio de la Real Hacienda y que los farmacéuticos fueran de nombramiento Real. Este régimen se empezó a aplicar en las farmacias de los presidios menores (Melilla, Alhucemas y el Peñón), a los que se concedían unos Estatutos, y se crearon en Melilla un Laboratorio y Botica principal de los Presidios Menores de África. También se ordena que se realicen formularios de Medicina y de Cirugía, que recogieron los medicamentos utilizados en aquella época y que se siguieron elaborando hasta principios del siglo XX. Además de unificar el número de fórmulas magistrales, aparece otra innovación; a los medicamentos galénicos complejos y drogas de origen vegetal se añaden compuestos químicos (como sales inorgánicas y orgánicas) en preparaciones de componente único y --por primera vez-- algunos principios activos aislados de las plantas: morfina, quinina o atropina, destacados en cada uno de los formularios realizados por farmacéuticos militares.

En 1799 se crea la Junta Superior Gubernativa de la Facultad de Farmacia, presidida por el boticario mayor del Rey. En 1830 se promulga el Reglamento del Real Cuerpo de Farmacia Militar, al frente del cual se nombra un boticario mayor del Ejercito, y se concede un nuevo Reglamento en 1873.

En cuanto a las provincias de Ultramar, en 1858 se dispuso el establecimiento de un laboratorio farmacéutico militar en La Habana para abastecer a las farmacias de los hospitales y enfermerías castrenses de Cuba, así como a los botiquines de tropa. En Manila se mandaba establecer un laboratorio farmacéutico en 1859 para los mismos fines

En 1879 entra en funcionamiento el Laboratorio Central, construido en un solar cercano a Palacio donde existían unos antiguos lavaderos. Este laboratorio muestra muy pronto sus deficiencias y, en 1885, se busca un nuevo emplazamiento en la calle Amaniel, en un edificio conocido como Baños de Corps. El dinero para acondicionarlo se obtuvo de los beneficios de la venta de medicamentos a los jefes y oficiales

Por Real Orden de 1884 se había establecido el Servicio de Venta de medicamentos al personal militar y sus familias, en un principio limitado a las farmacias de hospitales de las cabeceras de región y extendido posteriormente a todos los hospitales militares. Será el director general de Sanidad Militar, el teniente general Manuel Salamanca y Negrete, el que lleve a cabo esta propuesta constituyendo un antecedente de la Seguridad Social de las Fuerzas Armadas. La iniciativa originó un gran beneficio a todo el personal militar, así como unas grandes economías al erario público, pues con los beneficios obtenidos en las ventas se pudieron realizar las obras de ampliación en el laboratorio y una parte se destinó al complemento del sueldo que tenía que cobrar el excedente de farmacéuticos militares que volvía de Ultramar.

El medicamento específico apareció en las farmacias a partir del siglo XIX como sustitución paulatina de la fórmula magistral, pero será a comienzos de siglo XX, con el proceso de industrialización, cuando surgen en el mercado las especialidades farmacéuticas y se dejan poco a poco de preparar las formas artesanales del medicamento. El laboratorio de Amaniel continuó con la elaboración de pastillas, gránulos, grageas y píldoras. En 1891, al introducirse máquinas nuevas, se produjeron nuevos medicamentos: cápsulas, perlas gelatinosas y pastillas comprimidas. Se crea el Departamento de «cura aséptica y antiséptica», laboratorio de referencia para la industria civil galardonado en múltiples ocasiones.

A comienzos del siglo XX el laboratorio se había quedado pequeño y, después de numerosos proyectos, se construye una nueva edificación en un solar de la calle Peñuelas que entra en funcionamiento en 1928 para potenciar los servicios de la sección de preparados farmacéuticos y, muy especialmente, para producir industrialmente pomadas e inyectables. Este servicio favoreció el inicio de un proceso industrializador en la fabricación de medicamentos, marcando un antes y un después.

En 1895 nacieron los farmacéuticos de la Armada, muy ligados a sus homólogos de Tierra. Sus reglamentos son en gran medida una actualización de los avances legislativos que con anterioridad habían dado estos farmacéuticos.

Al terminar la Guerra Civil y constituirse el Ejército del Aire, Arturo Eyries, director del Parque farmacéutico creado en 1937 para el Ejercito del Norte, pasó a éste y organizó los Servicios de Farmacia. Fue el primero de los inspectores farmacéuticos de Aire. El nuevo laboratorio se inauguró en 1947.

María Paz Huerta Alonso
Museo de Farmacia Militar